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La creación del hombre fue harto compleja; tanto, que no pudo ser finalizada con éxito hasta que los dioses no dispusieron del maíz. De ello trata en cierto sentido la segunda parte del libro sacro de los quichés. Ahora los protagonistas son dos hermanos gemelos (o quizá habría que decir, mejor, varias parejas de hermanos gemelos). Los antiguos americanos consideraban con cierto respeto y gran aprensión este tipo de nacimientos, que se relacionaban casi siempre con algún tipo de augurio religioso. Para ellos, los gemelos son, por definición, seres especiales con una misión a cuestas que sólo el tiempo desvelará si hará de ellos unos héroes o unos monstruos. De una forma u otra, sus hechos tienden a destruir el devenir normal de los acontecimientos, lo que aterroriza a la gente común y corriente que sólo aspira a vivir una vida normal, como la de los demás. Por eso no era extraño que los padres, ayudados por su comunidad, sacrificaran a uno de los hijos en los partos dobles. El dios que protegía a estos seres (y también todo tipo de deformidades) era, cómo no, gemelo. Se trata del dios perro Xólotl, hermano idéntico nada menos que de Quetzalcóatl (el término coatí significa tanto «gemelo» como «serpiente»).
La leyenda maya quiche nos dice que los primeros gemelos del mundo nacieron de los adivinos Xpiyacoc y Xmucané y fueron llamados de acuerdo al calendario: Hun («uno») Hunahpú y Vucub («siete») Hunahpú. El primero de ellos tuvo a su vez dos hijos: Hun Batz y Hun Chouen. Ambos reciben una esmerada educación de su padre y su tío, lo que les lleva a convertirse en grandes músicos y artistas. Los cuatro eran muy aficionados al tlachtli o «juego de pelota», una de las pasiones deportivas a la vez que rituales y tradicionales de los mayas, que consistía en introducir una bola por una especie de canasta vertical situada en medio de la cancha haciendo uso de cualquier parte del cuerpo menos las manos o los pies. Los mayas hacían grandes apuestas en estos partidos aparentemente inocentes, pero en los que la derrota suponía
a menudo la pérdida de todas las posesiones personales, de la libertad e incluso de la vida, tanto para los jugadores como para los que apostaban a su favor. En Yucatán, por ejemplo, se conservan aún hoy los restos de una de estas pistas en las que podemos admirar esculturas de calaveras empaladas, tal vez como advertencia a los osados jugadores.
Nuestras dos parejas de gemelos jugaban a menudo en su cancha, pero sin hacer grandes apuestas. El problema es que, aunque en la Tierra, la pista se encontraba además en el camino hacia Xibalbá, el tenebroso reino de los infiernos. O tal vez habría que decir sobre Xibalbá, porque los principales señores de ultratumba (Hun Carne y Vucub Carne o, lo que es lo mismo, Uno Muerte y Siete Muerte), estaban hartos del ruido y los gritos que hacían los jugadores sobre sus cabezas y decidieron acabar con aquello. Para lograr su propósito, reúnen en demoníaco conciliábulo a todos los genios y diablos de la muerte y de la enfermedad y, juntos, trazan un plan que pasa por enviar unas lechuzas mensajeras que retan a Hun y Vucub Hunahpú a jugar con ellos a la pelota, pero en la cancha de Xibalbá. Ellos intuyen la trampa pero no pueden renunciar a la invitación por una cuestión de honor. Así que se ponen en camino. Sobre la marcha se ven obligados a afrontar serios y peligrosos obstáculos. Todos los superan con éxito, hasta que llegan a un fatídico cruce de caminos con cuatro senderos, cada uno de ellos de un color diferente. Los hermanos Hunahpú eligen erróneamente el sendero negro, y eso es el principio del fin de su viaje, porque a partir de entonces no pueden evitar ser vejados y sometidos a toda suerte de perrerías, como sentarse en un bloque de piedra al rojo vivo. De esta forma, pierden poder poco a poco y, al fin, son sacrificados por los dioses del mal y enterrados en el juego de pelota del inframundo. Como señal de su victoria, los hermanos Carne colocan la cabeza de Hun Hunahpú en un árbol seco que, mágicamente, se carga de calabazas; una de ellas es su propia cabeza.
Al cabo de un tiempo, una doncella del inframundo llamada Xquic acierta a pasar por allí y se sorprende al oír hablar del extraordinario nuevo árbol de las calabazas. Curiosa, se acerca a verlo y, mientras se pregunta si podrá probar uno de sus frutos, la cabeza de Hun Hunahpú le habla y le revela quién es y que lo que parecen calabazas no son otra cosa que calaveras. Xquic no se lo termina de creer e insiste en probar una de ellas. Se acerca más y entonces la cabeza cortada aprovecha la ocasión y le escupe en la mano. Así la fecunda mágicamente (de nuevo, el Verbo creador) y, de esta preñez divina, nacerán los verdaderos protagonistas de esta sección del Popol Vuh: los dos gemelos Hunahpú e Ixbalanqué.
Por culpa de su anómalo origen, a medio camino entre el mundo exterior y el interior (como por otra parte corresponde a cualquier semidiós que se precie en la mayoría de culturas del mundo) y de su nula instrucción, no encuentran un lugar idóneo donde establecerse. Sus hermanastros, Hun Batz y Hun Chouen, acaban aceptándolos aunque con gran desprecio y empleándolos como sirvientes. Así que nuestros héroes vagan por el bosque, cazando animales con sus cerbatanas, de los que luego se ven obligados a entregar la mejor parte a Batz y Chouen mientras éstos se dedican a componer música, bailar o simplemente pasar el día abstraídos por su arte. Pero llega un momento en el que Hunahpú e Ixbalanqué deciden que las cosas no pueden seguir así y trazan un plan: un día regresan sin presas, asegurando que las aves que han cazado han quedado atrapadas en lo alto de un árbol y que ellos son incapaces de alcanzarlas. Batz y Chouen se burlan de sus limitaciones y suben de inmediato por el árbol indicado dispuestos a humillar una vez más a sus hermanastros. No contaban con que éstos, medio pertenecientes al mundo de ultratumba, poseen ciertos conocimientos mágicos, gracias a los cuales ordenan al tronco del árbol que se estire a medida que los otros trepan por él. De esta forma, el árbol crece hasta una altura gigantesca. Aterrorizados, Batz y Chouen acaban pidiendo ayuda a los gemelos menores y éstos les indican que lo mejor que pueden hacer es desatar sus taparrabos, atarlos alrededor de la cintura y dejar que el extremo más largo les cuelgue por detrás como una cola, a fin de deslizarse mejor hacia abajo. Así lo hacen y de inmediato quedan convertidos en monos de la selva. La venganza de Hunahpú e Ixbalanqué se ha consumado. No obstante, en lugar de ser olvidados, y en un postrer reconocimiento a su arte, la primera pareja de descendientes de Hun Hunahpú pasa a engrosar, ya con su aspecto simiesco, el panteón de divinidades mayas como patronos de bailarines, músicos y artistas en general.
A partir de ese momento, Hunahpú e Ixbalanqué protagonizan sucesivas aventuras, la más interesante de las cuales les lleva a enfrentarse con Vucub Caquix, un pájaro gigantesco y vanidoso que reclama para sí el honor de ser el dueño de todo cuanto existe. Los héroes se esconden entre el follaje del árbol frutal favorito de esta monstruosa ave y, cuando aparece, Hunahpú le dispara en el rostro. Enfurecido por la herida, Vucub Caquix le arranca un brazo y escapa con su trofeo. Los gemelos consiguen entonces la ayuda de unos ancianos que, haciéndose pasar por curanderos, visitan al pájaro y se ofrecen para atender sus heridas en ojos y dientes. Para ello, le convencen de la necesidad de sustituir las piezas dañadas por otras nuevas, pero, a la hora de la verdad, cambian los ojos por sendos granos de maíz y luego se niegan a colocarle dientes nuevos. El temible pájaro, ciego y sin mordida, muere enseguida. Después, los ancianos colocan el brazo amputado sobre el muñón de Hunahpú y éste queda curado automáticamente. Esta sorprendente capacidad de regeneración, propia de un muñeco articulado, nos ofrecerá una muestra más espectacular en el punto culminante de la aventura de los gemelos: la venganza por lo que los genios del mal hicieron con su padre y su tío.
Esa venganza es planeada y ejecutada al detalle. Decididos a provocar a los dioses oscuros de Xibalbá, Hunahpú e Ixbalanqué aprenden a jugar a la pelota y luego se entrenan en la misma cancha donde lo hicieran sus familiares. Los señores de la muerte, que creían haberse librado de los vecinos ruidosos, se irritan sobremanera y se disponen a repetir la jugada que acabó con la vida de Hun y Vucub Hunahpú. Envían a las lechuzas mensajeras con el consabido reto, que ambos semidioses aceptan entusiasmados porque lo estaban esperando. Superan con éxito los terribles obstáculos previos al mortal cruce de caminos que sentenció a sus predecesores y, al llegar al mismo, se arrancan un pelo de la pierna y lo convierten en un mosquito. Este pequeño aliado se les adelanta volando para espiar el mejor camino y de paso picar a los señores de Xibalbá. Esta última misión no sólo tiene por objeto molestarles, sino que busca un objetivo concreto: al ser picados, los dioses malignos se gritan unos a otros los nombres de los demás. El mosquito recoge toda la información útil y regresa con nuestros héroes, que escogen el camino correcto en el cruce maldito y cuando se encuentran al fin ante los señores de la muerte saludan a cada uno con su nombre. Este hecho asombra e inquieta a la progenie de los hermanos Carne, que les invitan a pasar la noche allí y jugar al día siguiente. Durante las horas nocturnas, les someten a diversas y furiosas pruebas en las Casas de la Oscuridad, de los Cuchillos, del Frío, de los Jaguares y del Fuego. De todas ellas salen indemnes Hunahpú e Ixbalanqué. Sin embargo, al visitar la Casa de los Murciélagos, uno de estos animales (se trata de ejemplares grandes, feroces y con narices más afiladas que cuchillos) decapita inesperadamente al primero de los hermanos y lleva la cabeza de Hunahpú ante los dioses del inframundo, que se regocijan por la seguridad que ahora tienen en su victoria. Los gemelos reaccionan llamando a todos los animales que pueden para que acudan en su auxilio. Cada uno aporta sus ideas para salir de semejante lío, aunque ninguna parece lo bastante buena. Por fin, un coati (un ser similar al mapache) les obsequia con un gran calabacín que Ixbalanqué, siguiendo sus consejos, coloca sobre el cuello decapitado de su hermano como si fuera una cabeza nueva. Por arte de magia, y tal y como ocurriera antes con el padre de los héroes, este vegetal adopta los rasgos humanos. Cuando amanece, los gemelos aparecen juntos en la cancha de pelota del inframundo como si nada hubiera pasado, ante el desconcierto de los servidores del mal.
Haciendo gala de un siniestro sentido del humor, los señores de Xibalbá dan comienzo al partido arrojando la auténtica cabeza de Hunahpú como pelota. El primer golpe de Ixbalanqué es tan fuerte que lanza la cabeza más allá de la cancha, hacia el bosque cercano. Un conejo, previamente aleccionado, sale brincando a la pista y desaparece por el lado contrario; de esta manera desvía la atención de los dioses malignos, que por un instante piensan que se trata de la cabeza/pelota, que ha rebotado. Aprovechando la distracción, Ixbalanqué recupera la cabeza de su hermano y la coloca sobre su cuerpo. Cuando regresan los genios de Xibalbá, los gemelos ya están enteros de nuevo y arrojan el calabacín a la cancha como nueva pelota. Sin embargo, el fruto se rompe y hay que suspender el partido. Frustrados sus planes, los hermanos Carne les retan a una última prueba que los gemelos deberán aceptar, igual
que hicieran su padre y su tío, por una cuestión de honor. Construyen un foso enorme de fuego y les invitan a saltar sobre él, a fin de demostrar que son tan fuertes como para sobrevivir a lo peor. Hunahpú e Ixbalanqué saben que van hacia su muerte pero, imposibilitados para rechazar el desafío, cumplen. Y perecen en el salto.
Los dioses de Xibalbá gritan su alegría y su triunfo, que tanto les ha costado esta vez, y luego trituran los huesos carbonizados de sus víctimas y los arrojan al río. Pero ¿no habíamos quedado en que los hermanos gemelos son semidioses con poderes? Los huesos no son arrastrados por la corriente, como era de esperar, sino que se depositan en el fondo del lecho. A los cinco días, los héroes reaparecen convertidos en hombres-pe-ces y con otro plan en sus bolsillos. Regresan a Xibalbá disfrazados de pobres pero entretenidos cómicos ambulantes y, tal y como esperaban, son invitados al palacio de los hermanos Carne para actuar. El número fuerte de su espectáculo son las resurrecciones. Primero matan a un perro y luego lo resucitan, ante la admiración de todos. A continuación sacrifican a un hombre y también le devuelven la vida. En el climax de la actuación, Ixbalanqué decapita a Hu-nahpú y le saca el corazón y luego lo reaviva (ya hemos visto que Hunahpú era como un mecano, aunque no sabemos si su hermano gozaba también del privilegio de poder ser destruido y reconstruido a placer). El número tiene tanto éxito que, también tal y como esperaban los gemelos, los dioses de la muerte Hun Carne y Vucub Carne piden participar en el espectáculo: ser sacrificados y luego devueltos a la vida, lo que no deja por cierto de ser una gran paradoja teniendo en cuenta el marco en el que se desarrollan estas aventuras, en pleno mundo de ultratumba. ¡Es el gran momento para Hunahpú e Ixbalanqué! Matan a uno de los Carne y después se niegan a resucitarlo. A continuación, se dirigen hacia el otro que, de repente, se da cuenta de lo que está ocurriendo y se arroja sollozando al suelo ante ellos, arrastrándose y humillándose, implorando por su vida. Tan miserable comportamiento, impropio de un poderoso dios maligno de Xibalbá, sorprende e indigna a todos sus vasallos allí presentes, que acaban repudiando a sus reyes. Los gemelos revelan a todos su verdadera identidad y, tronando de furia, amenazan con matar uno a uno a todos los habitantes de Xibalbá.
Los genios del mal, que les creían muertos, se rinden ante su poder y piden clemencia junto con los demás.
Triunfantes, Hunahpú e Ixbalanqué derrochan generosidad y perdonan a las gentes de Xibalbá, a cambio de arrebatarles todo el poder de que disponían para hacer el mal a su antojo. Luego son conducidos al lugar donde están enterrados su padre y su tío. Recuperan sus restos y, en un nuevo alarde de magia (de ne-cromancia, esta vez), se comunican con ellos y les prometen respeto y veneración por parte de las generaciones venideras. El último acto conocido de los semidioses hermanos es su elevación a la categoría divina. Gracias a sus sufrimientos y sacrificios, reciben el premio de ser transformados en el Sol y la Luna. Y allí continúan, iluminando a la humanidad.
¿Qué tiene que ver la gran aventura de los hermanos gemelos con el maíz? Uno de los personajes de este mito es Hun Hunahpú, el padre de los héroes fraternales. En el llamado período clásico maya, la suya es la figura del dios del maíz. De hecho, sus esculturas lo dejan muy claro, ya que se le representa con una frente lisa y alargada, acentuada por zonas rasuradas y delimitadas por mechones de cabello
sobre sus cejas y su cabeza. El conjunto se parece a una espiga madura de maíz. Su decapitación (y la de uno de sus hijos) es un símbolo de la separación de la espiga de su tallo durante la cosecha de la planta sagrada... Es decir: la aventura de los gemelos en el in-framundo no se limita a la venganza por lo ocurrido con su padre y su tío; lo más importante de ella es recuperar el maíz para devolvérselo al mundo exterior. Desde el punto de vista mitológico, su misión es imprescindible pues si hubieran fracasado en ella jamás habría sido posible la creación del hombre de maíz, algo que sólo se consigue tras la derrota de las fuerzas del mal.
La historia de los mayas Hunahpú e Ixbalanqué se parece mucho a una de las protagonizadas por el azteca Quetzalcóatl, que desciende a los infiernos para recuperar los huesos mágicos con los cuales construir a los hombres, después de que la anciana diosa Cihuacotal los redujera a harina moldeable.
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