Un campeón gitano

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image Cuando inició el torneo Apertura 2007, el Atlante tenía tres objetivos: alejarse de la zona del descenso, colarse al repechaje y, sobre todo, poner alto a las pérdidas millonarias que se registraban al final de cada competencia.

Errático, el gitanismo atlantista ya había probado cinco mudanzas sin éxito. La sexta pudo haber sido a Morelos o al Estado de México. Sin embargo, el Gobierno de Quintana Roo le ofreció al club un estadio –a cuenta del erario– y facilidades para que se trasladara a Cancún.

El presidente ejecutivo de los Potros, José Antonio García, comenta que la mudanza se hizo de la noche a la mañana porque “si la planeamos, la afición la hubiera impedido”.

Refiere que en las juntas del Grupo Pegaso, el consorcio de Alejandro Burillo, propietario del Atlante, el empresario hacía recuentos del estado financiero y preguntaba cuándo iba a producir utilidades el equipo de futbol. El club estaba en números rojos y debido a sus mediocres campañas, las pérdidas ascendían a 300 millones de pesos.

“Perdíamos un promedio de 35 a 40 millones de pesos por torneo. En un año, equivalente a dos torneos cortos, el equipo perdía de 60 a 70 millones de pesos, pero uno pagaba por jugar en el estadio Azteca”.

Sin dinero y apegado a la tradición de austeridad de sus distintos dueños, el Atlante se preparó para su aventura cancunense. Su plantilla estaba integrada con jugadores fracasados en otros clubes y extranjeros sin historial. Para armar el conjunto abultó la lista de futbolistas a préstamo, e incluso negoció que parte de la paga de alguno fuera absorbida por el equipo dueño de su carta.

El entrenador José Guadalupe Cruz, un profesor de carrera que combinó su etapa de jugador con el ejercicio magisterial, armó un equipo sin cartel. Apostó por los “desechos” y por una camada de jóvenes como Christian Bermúdez, Arturo Muñoz y Adalberto Robles.

¿Ya están saneadas las finanzas del Atlante? –se le pregunta a García.

Sí, a partir de este torneo porque el déficit que venimos arrastrando es de muchos años.

El directivo asegura que el cambio de sede fue muy positivo y que con la bonanza del club ganan todos. Considera que el futbol promueve la integración familiar y dice que la sociedad de Cancún está unida por este deporte.

Y añade: “¿Cuándo en la vida soñamos con cobrar por un entrenamiento? Por lo regular jugábamos ante estadios semivacíos. Esto es una película de ciencia ficción: que el equipo sea recibido desde su llegada al aeropuerto. Que termine en tercer lugar de la tabla general y califique directo en un grupo en el que estaba América, con Luis Fernando Tena, Insúa, Cabañas, Castromán; Monterrey, con Miguel Herrera, un gran técnico, y Atlas, con otro excelente entrenador Romano. No era fácil”.

El directivo atlantista dice que los pronósticos apuntaban a que el equipo pelearía el descenso. A la afición le inquietaba el recuerdo de hace 15 años cuando Atlante llegó a Querétaro y en ese cambio de sede descendió.

Cuenta lo que significó la mudanza a Cancún. “Dejamos casas y departamentos en el Distrito Federal. Se trató de una decisión rapidísima, porque si lo programas a un año te iban a hacer manifestaciones y a decir: ‘pinche Atlante no sale’. Fue como cuando dices. ‘Me caso’. Si lo piensas mucho no te casas. Entonces nos arrancamos”.

¿Cómo subsidia el Gobierno del estado al Atlante?

Nos ayuda al darnos un estadio y ponernos a la Policía. Nada más.

fA diferencia de los equipos como Pachuca y Veracruz, ¿ustedes sí pagan luz, agua e impuestos?

Por supuesto. La verdad es que este estadio ya quedó chico y el Gobernador ha dado instrucciones para se concluyan los trabajos de construcción. Alejandro Burillo analiza la adquisición de terrenos para construir un estadio y que el equipo cuente con una buena infraestructura y un buen centro de capacitación, como el que tuvimos en el Centro Pegaso.

“Antes, los patrocinadores se nos iban a los seis meses porque el equipo no era atractivo. Hoy ya no cabe más publicidad en la playera y nos buscan los clientes para la compra de publicidad.

García se regodea con la metamorfosis de un equipo que parecía condenado a arrastrar lastimosamente la tradición atlantista y que, por el contrario, obtuvo el campeonato del futbol mexicano.

“Antes, Atlante pagaba por jugar en el estadio Azteca una renta mensual de 350 mil pesos. La operación del inmueble corría por nuestra cuenta y en ocasiones había taquillas de 28 mil pesos que no alcanzaban ni para pagar el arbitraje. Llegaba con (Miguel Ángel) Couchonal al estadio y nos preguntábamos: ¿por qué no viene la gente, si venimos de ganar dos partidos?

“El Atlante del Distrito Federal estaba en una situación difícil: pagaba por jugar y el mismo futbolista se sentía descobijado. Independientemente de que la taquilla es importante para subsistir también lo es el afecto, el cariño y el calor humano.

“A pesar que durante muchos años Alejandro Burillo subsidió al equipo y otra parte de los gastos se sufragaba con la venta de jugadores, resultaba difícil tener un plantel competitivo. Era un círculo vicioso en el que si vendías jugadores había reclamos: la gente cuestionaba por qué se iban el Chamagol (Sebastián González) o Gabriel Rey. Los aficionados preguntaban por qué se desmantelaba el equipo, y la respuesta era simple: había que seguir viviendo. Por eso, si nos hubiéramos quedado en el Azteca tendríamos que haber vendido a Federico Vilar”.

Atlante ya había fracasado en lo económico y lo deportivo desde que se mudó a Querétaro, donde experimentó un segundo descenso. Después se fue al estadio mexiquense de Neza, para regresar de nueva cuenta al Azteca. De ahí marchó al Estadio Azul, para retornar otra vez al Azteca. Cinco cambios en total.

Las lágrimas de Vilar

Un ejemplo ilustrativo de cómo se armó el Atlante es el caso del portero argentino Federico Vilar, ahora considerado el jugador más importante del equipo. Hace cinco años lo bajaron del autobús antes de la pretemporada atlantista, para regresarlo, contra su voluntad, al Acapulco de la Primera A.

El guardameta, un desconocido en Argentina –“en mi País ni saben quién soy”, dijo al diario deportivo argentino Olé, el martes 11--, que lloró inconsolable el día que José Antonio García le comunicó la noticia tras la inesperada posición asumida por el guardameta titular, Damián Grosso –también argentino–, a quien la directiva atlantista había enviado a la división de ascenso por sus recurrentes actos de indisciplina.

A pesar de que Grosso acordó con García que jugaría en el Acapulco con la garantía que el club le cubriría íntegro su salario –la otra propuesta era permanecer en Atlante con la mitad de la paga–, el portero cambió repentinamente de opinión: “Sí acepto: me quedo en Atlante, así gane el 50%”.

De tal forma que García tuvo que recular. Cuenta el episodio: “Hablé con Miguel Herrera (entrenador en esa época) y le comenté: hay que decirle a Vilar que se va al Acapulco, y Herrera me decía: ‘Toño, Vilar es un porterazo’. Y yo le respondía: Lo sé. Y Herrera me insistía: ‘Vilar está inconsolable, dice que se va a regresar a Argentina’”.

Recuerda José Antonio que habló con el portero: “Vilar lloraba como un niño chiquito. Le dije: ‘mi querido Federico, el contrato que tienes te lo voy a respetar en el Acapulco y te doy mi palabra que en diciembre estarás en el Atlante’ y él me contestaba: ‘estaba seguro de que me iba a quedar en la Primera División’”.

Ahora “Federico es el que más gana en Atlante, lo cual es completamente justificable y comprensible porque es un líder, un icono y ejemplo para mucha gente. Todos los demás saben que el que más tiene que ganar es Vilar, porque así es la vida. Se lo ha ganado a pulso después de cinco años”, justifica García.

El directivo y ex propietario del Atlante recuerda que en su vida ha tomado dos decisiones dolorosas: una, en el caso ya referido de Vilar, y la otra cuando en el pasado tuvo que despedir al actual entrenador, José Guadalupe Cruz.

“Sabía de la capacidad de Pepe Cruz, pero llegó el momento en que Atlante se cayó; no tenía ese coraje, esa entrega, y se tuvo que ir, pero antes le dije: ‘vas a regresar, y lo harás por la puerta grande; este es un proceso, un pequeño alto en el camino’. De ahí se fue a dirigir al León y luego al Colima, ambos en la Primera A. Desde este último conjunto el Profe preparó su vuelta”.

En la integración del equipo que se coronó campeón también contó la sagacidad de la directiva para las contrataciones de extranjeros. Congruente con su política de bajos costos, García trajo de Venezuela al desconocido Giancarlo Maldonado, por cuyo pase no pagó ni un millón de dólares. Es una cifra reducida si se le compara con los 4 millones de dólares que desembolsó América por el argentino Lucas Castromán, quien apenas jugó 300 minutos, o con los 5.5 millones de dólares que el Monterrey entregó por el chileno Humberto Suazo, quien no hizo nada en su temporada de debut.

Otro caso. Hace cinco meses, el futuro del camerunés Alain Nkong era incierto. En la víspera del cierre de registros para el torneo que acaba de concluir se le dijo que no entraba en los planes del equipo. El africano se aferró, agotó las pruebas y contra los pronósticos, más para llenar un hueco que por el reconocimiento de sus cualidades, se le contrató.

Uno más. José Joel González, llegó al Atlante malquerido también por Monterrey. Cedido en préstamo, luego de su excelente temporada, el equipo regiomontano exigió el regreso del jugador.

Alan Zamora, quien fue rechazado por el club América, resultó uno de los principales referentes del sistema atlantista en la media cancha. David Toledo no encontró acomodo en Pumas, pero sí en el equipo titular atlantista.

El caso del argentino Gabriel Pereyra, de gris paso por el Cruz Azul es singular. Atlante lo aceptó sin arriesgar, pues el equipo cementero le pagaba buena parte de su salario.

Aunque el equipo azulgrana tiene fama de pagar salarios austeros, la suerte de algunos jugadores ha cambiado. Zamora, quien hasta hace unos meses percibía 15 mil pesos de salario, hoy vive otra realidad: ahora gana 55 mil pesos.

Pero aunque sus emolumentos se han incrementado tiene que compartir el departamento en Cancún con un primo y con el jugador Arturo Muñoz, con quienes divide la renta de 8 mil 500 pesos. “Y hay otros gastos, como la luz, el gas y el teléfono”.

Christian Bermúdez convive en el departamento con José Guerrero. El resto de los jóvenes habita la casa-club, mientras que Clemente Ovalle, el del gol del título, comparte el departamento con José María Cárdenas. Para los extranjeros hay otro trato. Vilar, Muñoz Mustafá y Maldonado ocupan residencias en la exclusiva Zona Dorada, cuyas rentas oscilan entre los 2 mil y 2 mil 500 dólares mensuales.

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